La primera tanda fue un desastre silencioso: no olía mal, no tenía moho, simplemente no pasaba nada. Los garbanzos seguían siendo garbanzos tres días después.
Qué cambié
La temperatura. La primera vez el bote estaba en la cocina, con la ventana abierta y noches de veinte grados. Esta vez lo he dejado en el interior de un armario, más estable, sin bajadas nocturnas.
La sal. Bajé la proporción. Demasiada sal frena a las bacterias que quieres, no solo a las que no quieres.
La paciencia. Cinco días en vez de tres.
El resultado
A las cuarenta y ocho horas ya se veía actividad: burbujas pequeñas subiendo por el lateral del bote y ese olor ácido y limpio que indica que la cosa va por buen camino.
Nota para la próxima
Anotar la temperatura del armario con un termómetro en vez de fiarme de la sensación. La fermentación no perdona la improvisación, y yo sigo improvisando más de lo que debería.